Contaminación lumínica

Exposición sobre contaminación lumínica.

La Agrupación Astronómica Coruñesa Ío tiene un grupo de trabajo específico sobre contaminación lumínica. Organizamos jornadas divulgativas, como el “Encontro da Noite” 20182019 en A Coruña o “O valor da noite” en el Parlamento de Galicia, y creamos una exposición sobre contaminación lumínica que desde 2017 ha visitado más de treinta espacios diferentes en toda Galicia (si quieres que visite tu centro, contacta con nosotros). Elaboramos diversos materiales divulgativos sobre este asunto, como la “Nota informativa sobre contaminación luminosa” (en gallego; PDF, 150 KB) y el cortometraje documental “A perda da oscuridade” (en gallego). Además, hemos presentado propuestas sobre la protección de la noche ante diferentes administraciones (local, autonómica y estatal) e impulsamos la “Declaración Institucional do Parlamento de Galicia en defensa do ceo nocturno”. En el blog de la Agrupación Ío puedes encontrar además muchas anotaciones que tratan diversos aspectos de este tema en la categoría “Contaminación luminosa”. Puedes contactar con nosotros en el correo electrónico cl@agrupacionio.com.

Para saber más sobre contaminación lumínica, puedes ver aquí con subtítulos en gallego y español el documental “Saving the Dark”, dirigido por Sriram Murali. Y si la luz invade tu casa y quieres protestar ante la administración, puedes utilizar este modelo de escrito de queja por intrusión lumínica (anotación en gallego).

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Con el apoyo de la empresa láctea Deleite hicimos un folleto divulgativo en gallego sobre contaminación lumínica. Este es su contenido.

Pocos inventos han transformado tanto las sociedades modernas, y para bien, como la iluminación artificial. Pero en la actualidad también sabemos que el uso y el abuso de la luz durante la noche tiene consecuencias negativas que la ciencia empezó a desvelar en las últimas décadas. Llamamos contaminación lumínica a cualquier efecto adverso provocado por la luz artificial. Pero… ¿es para tanto?

¿Es un problema ambiental? Sí. A consecuencia de los movimientos de rotación y traslación de nuestro planeta, las horas de luz (el día) y de oscuridad (la noche) se suceden con un ritmo que varía muy lentamente desde hace miles de millones de años. Los seres vivos desarrollaron, a lo largo de la evolución, mecanismos de adaptación para sacar provecho de este ritmo natural anticipándose a la salida y puesta del Sol y a los cambios estacionales. La presencia de luz artificial por la noche cambia radicalmente las reglas de juego al modificar un factor tan decisivo como es la natural alternancia de luz y oscuridad.
Cada especie se adaptó a ese patrón para ocupar su espacio; algunas precisan mucha luz y otras ninguna para poder alimentarse, orientarse, migrar o reproducirse. Meter luz a destiempo le facilita las cosas a algunos seres vivos, los de hábitos diurnos, a fuerza de dejar completamente desamparados a otros, los nocturnos, y en la naturaleza, conviene recordarlo, son mayoría estos últimos. No es necesaria demasiada luz para producir graves alteraciones y estas no se limitan al entorno de las farolas: los fotones no conocen fronteras y así la luz artificial de pueblos y ciudades mal dirigida se extiende afectando al medio a muchos kilómetros de distancia. Para un animal nocturno un nivel de luz ínfimo, inapreciable para el ser humano, puede ser crítico. Hay un montón de ejemplos estudiados en la literatura científica, desde aves que se desorientan al salir del nido e incluso chocan -por millones- con los edificios iluminados, a las tortugas marinas que nacen de los huevos en las playas pero no consiguen llegar al mar confundidas por las farolas; también los insectos, los murciélagos, los corales, muchas especies vegetales… ¿Cuándo fue la última vez que visteis una luciérnaga? Y luego está el derroche de energía inherente a la contaminación lumínica y su impacto en el cambio climático. La preservación y defensa de la naturaleza hoy requiere -y con urgencia- la preservación y defensa de la oscuridad de la noche.

¿Cuánto dinero cuesta? Mucho. En el estado español se calcula que el gasto en energía para iluminar la noche se mueve cada año alrededor de los mil millones de euros. Si usásemos más racionalmente la iluminación nocturna, como ocurre en Alemania, esa partida podría reducirse drásticamente, como mínimo un 30 %, posiblemente más. Y ese ahorro se produciría pueblo a pueblo, ayuntamiento a ayuntamiento, pues la iluminación de la noche llega a suponer la mitad del gasto eléctrico de las administraciones locales. ¿Imagináis lo que daría de sí un millón de euros liberados cada año en A Coruña o Vigo para invertir en educación y cultura? ¿Lo que representan cien mil euros más cada año en un pueblo pequeño?
 
¿Qué pasa con la salud humana? Los seres humanos no somos una excepción a las leyes de la biología. Muchas de nuestras variables fisiológicas van cambiando a lo largo del día: la temperatura del cuerpo, la presión arterial, el estado de vigilia o sueño, la producción hormonal… Esa oscilación está regida por un sistema de regulación cuyo período libre es algo mayor de 24 horas, de ahí que hablemos de un «ritmo circadiano», próximo, pero no exactamente igual, a un día terrestre. Para evitar la acumulación de desfases, nuestro reloj biológico central necesita «ponerse en hora» cada día, y el estímulo más importante para eso es el ciclo de luz natural. Existen en la retina del ojo células fotorreceptoras específicas, descubiertas en 2002, cuya función es indicarle a una región concreta del cerebro (el «núcleo supraquiasmático») el nivel de iluminación ambiental. La luz que llega a los ojos ayuda así a la correcta sincronización del sistema de regulación, tanto para activar los procesos fisiológicos propios de nuestra condición de animales diurnos como los correspondientes al tiempo de descanso nocturno.
Hoy en día experimentamos un problema doble. De día, gran parte de la población recibe mucha menos luz de la que debería (porque pasa demasiado tiempo encerrada entre cuatro paredes, sin recibir luz solar). Por la noche, sin embargo, estamos sobreexpuestos a la luz tanto en el exterior como en el interior de las casas -incluida la de las omnipresentes pantallas, desde los móviles hasta las de publicidad-. Mandamos un mensaje equivocado al cerebro: el nivel de luz que nos rodea no le permite reconocer con la suficiente claridad la diferencia entre el día y la noche, para poder dar inicio a los procesos idóneos a cada período. Las alteraciones que eso induce se relacionan con una larga y variada serie de graves patologías. Es un campo de investigación en pleno apogeo.
 
¿La iluminación LED mejora o empeora la situación? La tecnología LED tiene grandes virtudes: puede producir luz con un bajo consumo de energía y dirigirla con gran precisión allá donde se necesita, tiene tiempos brevísimos de encendido y apagado, puede graduarse en intensidad y permite una fácil manipulación de los colores. Pero, como cualquier otra tecnología, depende de cómo la usemos. Los LED son eficientes, sí, pero si por serlo perdemos la cabeza y ponemos cientos de farolas la eficiencia teórica puede no conducir a ningún ahorro real. Algo parecido sucede con la contaminación lumínica, para la cual el LED puede ser una solución o un problema aún mayor. Si el nivel de iluminación aumenta, por bien dirigidas que estén las lámparas también aumentará la luz que refleja el pavimento y, en consecuencia, llegará luz a donde no debe llegar. Si además la luz LED escogida es, como pasa ahora en la inmensa mayoría de los ayuntamientos, de alto contenido en azules (con «temperatura de color» por encima de los 2700K), crecerá aún más la contaminación lumínica por la mayor capacidad que tiene la luz azul de dispersarse en la atmósfera. Emplear LED, per se, no es garantía de nada. De hecho, el sistemático mal uso que se viene haciendo de esta tecnología en los últimos años no ha hecho más que empeorar los problemas.
 
¿Quedan aún sitios oscuros? Cada vez menos. Según el Atlas mundial del brillo artificial de la noche, publicado en 2016, el 80 % de la población mundial convive con cielos contaminados. En un cielo verdaderamente oscuro, en una noche sin Luna deberíamos ver a simple vista alrededor de 4500 estrellas. En las ciudades, con suerte, veremos un centenar; en los centros urbanos, tal vez ni una decena. Entre una cifra y otra hay una variada gama de situaciones. En Galicia persisten aún zonas con buenos cielos, con un gran potencial de desarrollo sostenible, pero incluso estas están ya afectadas por la luz y necesitamos lo antes posible acciones que preserven en ellas la calidad de la noche.
Las noches estrelladas formaron parte del paisaje de la humanidad durante toda la historia, y alentaron la creatividad científica y artística. Sin paisajes estrellados no tendríamos a Galileo, a los Herschel (William, Caroline y John) ni a Henrietta Leavitt, que nos dio herramientas para medir distancias en el universo; pero tampoco tendríamos la poesía de Walt Whitman o la de Rosalía de Castro, que ahora da nombre a una estrella, ni los cuadros que pintó Van Gogh. Nuestra imaginación voló siempre en las alas de la noche. La noche es necesaria: fue una verdad poética en manos de Xosé María Díaz Castro y ya es, también, una verdad científica. ¿Somos conscientes de lo que perdemos cuando perdemos la noche?
 
¿Qué podemos hacer? Sobre todo, asumir que la luz artificial durante la noche actúa como un agente contaminante y tratarla cómo tal, incluso legislando con esa finalidad. En consecuencia, la luz artificial debe utilizarse únicamente donde sea necesaria, sin dirigirla a espacios adyacentes ni lanzarla al cielo; cuando sea precisa, evitando luces encendidas innecesariamente en horas sin tráfico ni uso; con el nivel idóneo, esto es, con la intensidad imprescindible para desarrollar las tareas y no más de la necesaria; y con el espectro adecuado, evitando las componentes más contaminantes (azules y violetas). Hace falta, además, hacer estudios técnicos y mediciones precisas para evaluar el estado de las instalaciones y apoyar la investigación y la divulgación en este campo. A diferencia de otras formas de contaminación, la lumínica es fácil (y barata) de evitar.
En nuestro ámbito personal, podemos poner los medios para iluminar bien (que no es lo mismo que iluminar mucho). También podemos exigirles a las administraciones que hagan lo que deben. Colaborar con la divulgación del problema para romper con una inercia de décadas en favor de las luces sin control, que respondía a la misma idea equivocada de progreso que veía bien el asfaltado de los bosques. Y descubrir la noche, quien no la conozca. Experimentar su oscuridad, llena de vida y de estrellas, y las emociones esenciales que de ella nacen.
 
Martin Pawley (Agrupación Astronómica Coruñesa Ío), Salva Bará (Universidad de Santiago de Compostela) y Ana Ulla (Universidad de Vigo). Actualización de un artículo escrito para la Revista Luzes, número 60, septiembre de 2018. Fotografía de portada: Óscar Blanco (Agrupación Astronómica Coruñesa Ío). Diseño y maquetación del folleto: Marta Cortacans.